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Luna

Silvia Cosio por Silvia Cosio
03/10/26
unión de comerciantes unión de comerciantes unión de comerciantes
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Utilizaron esta tragedia para criticar a quienes dejaron sin vigilancia a Luna por unos minutos, y no a la delincuente que se aprovechó de un error

Fotografía de uno de los carteles que la familia está colocando por Gijón; se aprecia el aspecto de ‘Luna’, y el rostro y vestimenta de la mujer que se la llevó. / Cedida

Es muy difícil explicar lo mucho que se puede llegar a amar a un animal. Hay que vivirlo para entenderlo: la felicidad que se experimenta, las risas, el cariño, el cansancio, las travesuras, la calma, el calor, la paz, la sonrisa… Y sin embargo nada de esto es comparable con el amor que sienten ellos por nosotros, la lealtad, la dependencia, la vulnerabilidad que muestran y que hace que nuestras vidas sean mucho más agradables.

Vivimos en un mundo en el que agoniza por fin el hábito de considerar a los animales como poco más que objetos o seres inferiores cuyo único valor es su utilidad, y en el que la censura social y moral ante quienes consideran su derecho el maltratar, matar o torturar animales por placer ya no se oculta. Un avance sustancial que nos hace más humanos, mejores, más tiernos, más justos. Aunque nuestro lenguaje aún sigue anclado en la vieja mentalidad. Por eso resulta chocante que algunas personas nos refiramos a los animales con los que convivimos como seres que forman parte de nuestra familia, desprendiéndonos de términos que los cosificaban y los convertían en una propiedad, en parte del mobiliario de la casa.

Por supuesto que hay personas a las que esto les ofende muchísimo y aprietan los puños mientras alertan de que amar tanto a los animales es la señal definitiva de la decadencia total de la sociedad y de la juventud que ya no quiere hijos, solo perros y gatos -aunque lo que realmente quieren es una casa donde poder llevar a cabo su proyecto de vida-. Son los mismos que el siglo XVIII se echaron las manos a la cabeza al escuchar que todos los seres humanos han nacido libres e iguales o que consideraron el sufragio femenino como el acabose. Porque cada época tiene a sus “vivan las cadenas” gruñendo y pataleando y deberíamos aprender a vivir sin hacerles tanto caso.

Pero es difícil. Primero porque son bastante pesados. Y segundo porque tenemos redes sociales. Que en teoría iban a ser una cosa fantástica porque se suponía que llegaban para democratizar la posibilidad de que se pudieran escuchar todas las voces y en todas partes, y no solo las de unos pocos privilegiados. En teoría, Marge, porque el algoritmo y los intereses políticos y empresariales de sus dueños y señores nos meten hasta en la sopa lo que más les conviene a ellos, y resulta que les va fetén el ruido y la furia. Y en esto no hay quien gane a los nostálgicos reaccionarios.

Aunque estos coexisten en el mundo digital con otra especie de usuario de redes con los que compiten en su pesadez plomiza: el “ya te lo dijista”, ese ser que siempre entra a comentar en todo post con el que se topa, bien sea de particulares o de los medios, para demostrar que ya sabía lo que iba a pasar y, lo que es más importante, que es mejor que el resto de la gente, superior. Da igual en lo que sea: lo de Ceuta, los okupas, Junts o el secuestro de una perrina en Xixón.

Porque resulta que el pasado 22 de septiembre, sobre la una y media de la tarde, en la Avenida de Galicia, en el barrio xixonés del Natahoyo, una señora secuestró a Luna, una bichón maltesa blanca con preciosas orejas de soplillo. Y la mujer que lo hizo cometió además este delito delante de las cámaras. Y sin embargo mientras escribo estas líneas ni se la ha podido localizar ni tan siquiera identificar. Lo que abre un debate interesante también sobre el alcance real que tienen las redes sociales más allá de nuestras burbujas y, sobre todo, del escaso eco que tienen fuera de esta villa las cosas que aquí suceden y nos preocupan.

Y así, mientras una mayoría de xixoneses estábamos realmente preocupados por Luna y su familia, y sobre todo por el dolor que tiene que sentir esa perrina al haber sido arrancada de quienes la quieren y a quienes ella ama, conscientes además de la pena de Raquel y Carmen, y de lo innecesario y gratuito de todo este sufrimiento que ha provocado la mujer que secuestró a Luna y rompió una familia, resulta que había gente que pensó que esta era la ocasión perfecta para dar lecciones y reñir. Personas con una conciencia sobre su superioridad moral tan estropeada que utilizaron esta tragedia para criticar a quienes dejaron sin vigilancia a Luna por unos minutos, y no a la delincuente que se aprovechó de un error. Pero es que resulta que la vida no es una fábula de Esopo, sino un cúmulo de acontecimientos, en la mayoría de los casos azarosos y sin aparente sentido, en el que dependemos de la solidaridad y la buena fe de los demás para sobrevivir y llevar una existencia agradable, así que en ella no vamos a encontrar ninguna moraleja final, como mucho aprendizaje y, en ocasiones, ni siquiera eso. Por eso mismo nuestro paso por este mundo no debería de ser una competición sobre quién tiene la razón y se alza con la superioridad moral en un momento de pena y sufrimiento, aunque solo sea por pudor. Pero resulta que el tonto no solo mira el dedo cuando señalas a Luna, es que además te lo tiene que meter en el ojo.

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