
«Reducidos a meros extras en nuestras propias urbes, vemos cómo Xixón se degrada, imparable e inexorable. Cómo se entrega y se rinde la ciudad -nuestra ciudad- a un modelo que la explota, exprime y deja seca. Pero también la deja sucia, rota y en mal estado. Fea»

Les propongo un juego: mirar la ciudad en la que habitan, en nuestro caso Xixón, con los ojos de un turista. Y no me refiero a hacerlo como nos ha enseñado David Alonso, compañero de este medio y, sin embargo, amigo -¿quién nos lo iba a decir cuando nos conocimos?-, con sus rutas urbanas. A él le dejo que nos siga maravillando y descubriendo una ciudad que desconocemos, pero también una villa que fue un sueño, un proyecto de ciudad que podemos intuir gracias a la huella del pasado y, ahora, una advertencia de lo que sucede cuando algo bello y con posibilidades cae en manos de especuladores y xateros.
No, lo que yo les propongo es otra cosa complentamente distinta: que miren Xixón con ojos recelosos, con ojos de cliente severo que se ha gastado mucho dinero en sus vacaciones y ahora exige que lo que le den esté a la altura de su esfuerzo económico. Les pido que miren Xixón con la misma honestidad con la que declaran, desencantados, al tercer día en el ‘Todo incluido’ en Punta Cana, que mucho buffet libre a todas horas pero, al final, casi todo lo que te ofrecen es pasta y arroz. Es más, me gustaría que pasaran el dedo por la superficie de esta ciudad para comprobar el nivel de polvo. A ver si pasa el examen. Aunque me temo que todos sabemos ya la respuesta de antemano: NO.
Sí, ya sé que es deprimente tener que enfrentarse a la cruda realidad de una ciudad que se ama, y que nos hemos acostumbrado a mirar hacia otro lado, a buscar excusas, a negar la evidencia y a esperar milagros. Pero el amor nunca debe ser ciego si es verdadero y sincero. Y aceptar las máculas de aquello que se aprecia es la única forma de que se puedan producir cambios. Y, sobre todo, de que se aprenda de los errores del pasado. Aunque duela.
No voy a negar que es profundamente descorazonador tener que verse a uno mismo reducido al mero papel de cliente, y no al de ciudadano. Pero igual es la única forma que tenemos de hacer que nuestras voces, nuestras necesidades y nuestras quejas se escuchen. Y se atiendan. Porque esto no es una pataleta de niño consentido. Es uno de los últimos intentos por recuperar nuestra ciudad y convertirla en un espacio de convivencia, disfrute y salud. Para todo el mundo. Y no solo para aquellos que pagan más.
Así que he pensado que, como las quejas de la ciudadanía suelen ser ignoradas, tal vez si nos quejamos como consumidores, como los que ponen el dinerín para mantener los servicios públicos, los autobuses gratis para los cruceristas, la limpieza de los barrios y las playas, los que pagamos el agua que se consume y hasta los sueldos de nuestros concejales y alcaldesa, igual va siendo hora de que pidamos la hoja de reclamaciones.
Porque lo que está claro es que lo que pagamos -nuestros impuestos- no está siendo usado para el beneficio de la comunidad, ni para garantizar la prosperidad de la ciudadanía, ni mucho menos para poner un parche -siempre necesario, siempre insuficiente- que intente reparar una desigualdad tan injusta, como sistémica e innecesaria. Esto es, parafraseando a mi hija, que no nos está rentando lo que estamos pagando por Xixón. Que no parece que nuestros gestores estén sacando provecho de nuestro dinero. O quizás sí lo están haciendo, pero no lo hacen pensando en la comunidad, sino en sus propios intereses, y en los de sus amigos y socios comerciales.
Reducidos a meros extras en nuestras propias ciudades, vemos cómo Xixón se degrada de forma imparable e inexorable. Cómo se entrega y se rinde la ciudad -nuestra ciudad- a un modelo que la explota, la exprime y la deja seca. Pero que también la deja sucia, rota y en mal estado. Fea.
Y si nosotros, como ciudadanos que nos preocupamos y la queremos, estamos empezando a ver los costurones a nuestra ciudad y ya no disimulamos nuestro malestar ante el estado de unas aceras descuidadas con demasiadas baldosas rotas y sueltas. A mirar con desprecio y desapego unas calles sucias, llenas de obras que se perpetúan en el tiempo y de inútiles proyectos urbanos basados en el hormigón y en el cochecentrismo. A avergonzarnos de un paseo marítimo abandonado y en un estado lamentable. Hartos de ser expulsados de nuestras casas y barrios por los rentistas y especuladores a los que se les deja florecer como malas hierbas. Aburridos de vivir rodeados de grúas y edificios feos. Enfermos por respirar el humo de los coches. Obligados a esquivar terrazas. Hastiados de smash burgers, BBQ coreanas y postres precongelados a precio de potosí…
Imaginen cómo se pueden sentir los turistas de verdad. Aquellos que vienen aquí buscando un supuesto paraíso, una belleza y una tranquilidad que no es tal. Un refugio climático inexistente. Promesas vacías por las que han pagado mucho dinero. Porque, si al final cuando llegan lo que ven es lo mismo que también vemos nosotros, tenemos un problema gordo, pues dejarán de venir. Y el chollo de unos pocos se acabará para siempre, pero la factura de este destrozo la pagaremos toda la ciudadanía. Salvo que esta vez a cambio de nuestros impuestos nos devolverán una ciudad en ruinas. Y no creo que nos rente.